San Ignacio al amanecer

San Ignacio al amanecer,
el silencio inquieta.
La chica del short corto
es seguida por una docena,
la chica más bella lleva mucha ropa
y nadie advierte su hermosura.

Las señoras que limpian gritan:
“Esto no me acompleja”
“Nosotras somos las gerentes de este lugar”.
Y un extranjero le pide permiso para echar un papelillo en su cesto.

Un camión cisterna va lentamente,
un montacarga pequeño viene,
un taxi-fula (como dice mi hijo)
regresa en marcha atrás porque la
calle siguiente está cerrada.

Algunos pedazos de balcones cuelgan,
no tantos como en el imaginario popular.

La señora del trasero grande,
que hace media hora soportaba
sables y estrellas de los albañiles de la esquina,
regresa ya de la bodega junto con su hijo,
que va aprendiendo la violencia sin remedio.

Una mujer con dos hijos de la mano grita improperios: “Estás enferma pero jodes con cojones”.
También regaña al hermanito “tú no sientes nada” y este le responde: “No mamá, yo siento”.

Empieza a llover y me resguardo. Son estas las cosas que oímos a diario todo el tiempo, y a veces estamos tristes y no sabemos por qué.

San Ignacio, y cualquier calle de cualquier país, a cualquier hora, puede tornarse áspera, violenta, triste.

Así, también, es la vida.

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José Miguel R. Ortiz

José Miguel R. Ortiz

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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