LUNA, LUNERA

LUNA, LUNERA un cuento de Margarita Ruiz Peraza

A Carolina siempre, desde pequeñita, la ha atraído mucho la Luna. Mirar al Sol es difícil, pues brilla demasiado y ni siquiera apretando los ojos se ve bien.

Sin embargo, la Luna se deja ver sin problemas; parece una pelota grande colgada allá arriba. Caro nunca ha encontrado el hilo que la sujeta y cuando ha preguntado a las personas mayores, todos se ríen y le dicen que no hay ningún hilo. Ella ha tratado de tirar una pelota alto, altísimo para que se quede allá arriba, pero, al contrario de la Luna, siempre se cae.

Tampoco Caro entiende como es que, por el día la Luna se pierde. Parece que el Sol, grandote y abusador, es tan orgulloso por lo mucho que brilla, que no deja que la pobre Luna se vea.

Además, y esto es mas incomprensible todavía, no comprende las razones por las que hay noches en las que parece que se va desinflando poco a poco hasta que se esconde y desaparece. Luego alguien, sin que Caro se imagine quién pueda ser, la infla y que se pone redonda otra vez.

¿Cómo puede ser cierto que todo eso lo hace ella sola? Caro decidió que la Luna está ahí solo para que podamos soñar con ella. Sin embargo…

Una tarde de domingo en la que Caro estaba en el jardín de la casa de Abué, su mamá y Rebe vieron un avión y le dijeron a ella que mirara. Caro lo hizo, pero no le prestó atención alguna al avión, lo que vio colgando en el cielo, fue ¡la Luna!

Se puso muy contenta ¡la Luna había logrado salir a pesar de que todavía estaba claro!

Volteo la cabeza y distinguió que, al lado opuesto del cielo, Don Sol todavía no se había ido a dormir.

Ese mismo día, un poco mas tarde, ya estando en casa, Caro no podía dejar de pensar en su querida Luna y alegrarse por su hazaña.

En un momento en que Papá y Mamá estaban entretenidos en la cocina, salió al portal a buscar a su amiga y la encontró, ya bastante resplandeciente, en lo alto.

Se quedó mirándola fijamente y, muy bajito, para que ni Rebe que estaba pintando en la sala, la oyera, le dijo:

― Luna, lunera, yo quiero verte de cerca ¿por qué no bajas un poquito?

Para su sorpresa, la casi blanca Luna le respondió enseguida:

― Yo no puedo bajar. Si cayera en la Tierra sería un desastre; rompería tu casa y todo lo demás. Lo que podemos hacer es que vengas y des un paseo por aquí.

Nadie puede imaginar la cara de alegría que puso Caro al oír estas palabras, pero ¿serian en realidad palabras de la Luna? Las había escuchado como un susurro al oído o como si salieran de su propia cabeza y no fuera la Luna quien las decía.

No importaba como llegaba a ella esa increíble invitación; Caro, sorprendísima, asintió con la cabeza. Parece que la Luna la estaba mirando con atención porque, al instante, sintió algo así como si la hubieran tomado de las manos y la subieran. Al mirar hacia abajo, notó que su casa se volvía cada vez más pequeña. Un momento después desapareció todo rastro, no solo de su casita, sino de toda la ciudad y comenzó a verse otra pelota mayor que la Luna, pero azul.

Sobre su cabeza, allá arriba, estaba la Luna, mayor y más brillante, a cada momento que pasaba.

Sintió que la extraña fuerza que la subía comenzaba a disminuir y la velocidad se tornaba menor, hasta que sus pies se posaron sobre la superficie de la Luna. Ella no conocía todavía lo que era un desierto, pero, si lo hubiera sabido, habría asegurado que estaba en uno: no se veía ni una plantita, ni animales, ni nada.

Fue a dar un paso y le salió un brinco. Extrañada, continuó tomando impulso y los saltos resultaban cada vez más y más altos, mientras Caro reía a carcajadas. Estaba segura de que, si su mamá la viera, le diría:

« ¡Carolina, basta ya, tranquilízate!», pero mamá estaba muy lejos. Se detuvo extrañada cuando sintió una risita que, al igual que la voz que había escuchado antes, parecía salir de su cabeza.

  • No puede ser, yo no estoy pensando en nada que dé esa risita, bueno…, más bien, creo que acabo de empezar a tener un poquito de miedo.

Volvieron los susurros, esta vez, mas alegres y como si quien los hacía, estuviera aguantando una carcajada.

  • Soy yo, la Luna, quien te habla y me reía porque sabía que ibas a saltar como un conejo, pues todos los niños que me visitan hacen lo mismo cuando llegan: retozar y juguetear. Aquí pesan mucho menos que en tu planeta, la Tierra, y por eso te sientes liviana y te resulta mucho más fácil elevarte.
  • Bueno, vamos a conversar, me alegro de que tú puedas hablarme. Primero quiero saber por qué salí volando de mi casa y qué fue lo que me subió y subió hasta aquí.
  • Simplemente, lo único que hice fue complacerte: tú me estabas mirando y querías vernos de cerca al “conejo” (que no es conejo, ni mucho menos) y a mí. Da la casualidad de que hoy es el Día de Año Nuevo Lunar y yo tengo el poder de traer, cada vez que él llega, a un niño curioso de tu planeta a que me visite.
  • ¡Qué bueno, volveremos a acostarnos más tarde, nos darán regalos…! Un momento, no entiendo, hace poco allá se celebró el Año Nuevo ¿ahora otra vez? Hace unos días, le pregunté a mi papá cuando volverían la Navidad y el Año Nuevo y él me dijo que todavía faltaban muchísimos días. ¿Es que tú tienes los años nuevos, así pegaditos?

Caro se molestó otra vez un poquito porque la Luna volvió a reírse, pero se le pasó, al darle la Luna la siguiente explicación:

  • Ocurre que hay años nuevos diferentes. Donde tú vives se usa el Año Solar, pero otros lugares, sobre todo, hace tiempo, utilizaron para medir el tiempo, lo que yo demoraba en darle una vuelta a tu planeta, con eso contaban los meses y los años.
  • Espérate un momento. A mí el Sol me cae mal porque casi nunca te deja salir. Creo que hoy fue la primera vez que te dio permiso para salir junto con él.
  • No, no digas eso. Gracias al Sol es que hay plantas, animales y personas en la Tierra. Además yo brillo porque él me presta un poquitín de su luz.
  • ¡Quién podía imaginarse que las cosas fueran así! A mí no se me hubiera ocurrido nada por el estilo; siempre pensé que el Sol era tu enemigo.
  • ¿A que tú no sabes que el Sol es una estrella?
  • ¿Estrella? ¿Estás loca? Las estrellas salen de noche, igual que tú.
  • Si, tienes razón, casi todas se ven cuando está oscuro porque están muy lejos y por el día el brillo del Sol hace que no podamos distinguirlas. Pero el Sol es nuestra estrella, la que tenemos cerquita y ya te dije que gracias a él hay vida en la Tierra y yo puedo brillar.
  • Bueno, bueno, me estás explicando muchas cosas nuevas. Ahora quiero ver al conejo.
  • No existe ningún conejo. Lo que ves desde lejos son mis mares, como les llamaron los científicos antes de conocerme bien. Ya ahora saben que son lugares hundidos quizás por el choque conmigo de rocas que volaban por ahí o de movimientos de mi suelo, yo no recuerdo… Quienes me estudian han pasado mucho trabajo para saber si aquí hay agua y hace un tiempo, más o menos cuando nació tu hermanita Rebe, encontraron que, dándome la vuelta podían hallar hielo, o sea, ese líquido tan importante para ustedes y se pusieron muy contentos.
  • ¿Has tenido otras visitas o solo hemos estado aquí los niños?
  • No, han venido varias personas, pero no me molestan porque lo único que hacen es recoger unas piedrecitas y se van.
  • Ahora se me ocurre pensar cuándo y cómo apareciste aquí ¿No te celebran tu cumpleaños como a nosotras?
  • No, no me celebran cumpleaños – dijo, casi llorando la Luna – yo nací hace tanto tiempo que nadie sabe bien cómo fue. Algunos creen que lo que pasó fue que en la Tierra cayó una piedra inmensa, de las que vuelan por el espacio, y del golpe salieron un montón pedazos que fueron uniéndose y me formaron a mí.
  • Sí – se afligió Caro en solidaridad con la Luna-, debe ser muy triste no tener cumpleaños, pero no sigas llorando; tú haces cosas que mas nadie puede hacer, por ejemplo, inflarte y desinflarte sola, sin que necesites ayuda…
  • Bueno – contestó la Luna, ya calmada -, la verdad es que ni me hincho, ni me encojo. Lo que pasa es que la Tierra da vueltas alrededor del Sol, igual que yo giro alrededor de ella…
  • Espérate un momentito, ustedes no están en los caballitos, ni nada parecido.
  • Estás pensando como si vivieras hace 500 años. Quien primero se dio cuenta de que girábamos tuvo muchos problemas, pero no pudo nadie convencerlo de que estábamos quietecitas.
  • Está bien, pero ¿qué tiene eso que ver con que tú te infles o no?
  • Claro que tiene que ver. Lo que ocurre es que, con el gira-gira, todos los meses hay unas dos semanas en las que yo me quedo detrás de la Tierra y me voy, escondiendo, poco a poco del Sol y no brillo, pero sigo igual, mas o menos, redonda.
  • Huy, ¡cuántas cosas me has contado! Deja que se lo diga a Rebe, a mamá y a papá…
  • No, no lo digas porque no te van creer. Mejor espera a hablar con Abué, para que ella haga un cuento…
Comenta a través de Facebook
José Miguel R. Ortiz

José Miguel R. Ortiz

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta es una medida de protección contra spammers y robots, escriba los número que ve a continuación por favor. Gracias! Refresque la imagen haciendo clic en las dos flechitas, por favor, o apriete F5 en su teclado para ver otra imagen, pues ésta ha vencido su tiempo,...

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.