BOSQUE-SELVA-PRADERA-RÍO-DESIERTO-OCÉANO-MONTAÑA… MÁGICOS

BOSQUE-SELVA-PRADERA-RÍO-DESIERTO-OCÉANO-MONTAÑA… MÁGICOS, un cuento de Margarita Ruiz Peraza

Para Abel, que cuando tenía dos años, pidió un cuento en el que estuvieran un mono, un conejo, un elefante, una foca y…, en fin, todos los animales.

El respeto al derecho ajeno es la paz

Benito Juárez

Había una vez un bosque-selva-pradera-río-desierto-océano-montaña… mágico, donde vivían todos los animales que existen o existieron, en su hábitat, en los zoológicos, los acuarios y los museos, porque allí convivían, en total paz, los que existen en la cálida selva africana, los camellos del seco Sahara, los pingüinos venidos desde los gélidos Polos, las llamas y alpacas de Los Andes, las diminutas pirañas y las gigantescas ballenas y hasta los dinosaurios y sus compañeros de época. Estaban también los que vemos solo en los cuentos y en los relatos, como el hermoso unicornio y el perro mudo que Colón encontró en Cuba cuando llegó a lo que los colonizadores llamaron Nuevo Mundo, aunque era más antiguo que el de ellos.

Lo mejor era que la magia había logrado que vivieran compartiendo lo que tenían y que no pelearan, ni discutieran jamás. Así, todos, incluyendo a los leones, los tiburones, las serpientes y los lobos, estaban acostumbrados a comer sólo hierbas, ramas y frutas y se podía fácilmente encontrar a un pequeño ciervo y a una negra pantera comiendo un jugoso mango entre los dos y conversando sobre su música preferida.

Durante el día, era precisamente el prado junto la Gran Cascada el lugar preferido por los animales de tierra y aire para descansar, mientras los que vivían en el agua conversaban animadamente. Era realmente difícil encontrar allí el silencio necesario para dormir. Día y la noche aquello estaba lleno de animales que corrían, volaban, nadaban, jugaban y se divertían. Mientras el amigo Sol alumbraba esa parte  de  la  Tierra, los cachorros de  león competían amigablemente con las pequeñas liebres  a ver quien saltaba mas alto  y  los aguiluchos trataban de aprender a volar más rápido que los  diminutos  colibríes acabados de  salir de sus  cascarones. Cuando la señora Luna reinaba  en el  cielo, se sentía a los polluelos de los búhos  chacharear con los  murciélagos más jóvenes,  que  hacían todo lo posible por explicar cómo lograban colgarse de  los árboles con la cabeza hacia abajo y hasta trataban de prestarles  sus  patas a los otros animales nocturnos  para que  lo  pudieran hacer.

Este lugar maravilloso donde todos eran tan felices se comenzó a complicar el día en que el conejo Tejo no quiso compartir las nueces que tenia con el mono Tilono y cuando éste le pidió una, secamente le contestó:

  • Noo, éstas son mías.

Tilono y todos los que estaban cerca de la Gran Cascada oyeron a Tejo y se quedaron sin saber qué contestar; nunca en el bosque-selva-pradera-río-desierto-océano-montaña… mágico nunca se había escuchado nada igual. ¿Qué significaría eso de “son mías”?. ¿Por que Tejo no le daba nueces a Tilono?

Solo la Gran Tortuga, que era la más ancianita, entendió y comprendió la gravedad de la situación. No cabía duda: por algún lugar se había colado en el bosque-selva-pradera-desierto-océano… mágico el malvado Egoivirus y había infestado el cerebro de Tejo. ¡Qué lástima le daba el pobre conejillo! Mientras estuviera enfermo por culpa del Egoivirus no podría ser feliz, su risa no sería nunca tan alegre como antes.   

Pero lo peor era que el diabólico virus tenía mucha facilidad para pasar de Tejo a los otros animales y, si eso ocurría, la felicidad terminaría y el bosque-selva-pradera-río-desierto-océano-montaña… mágico dejaría de ser mágico. La Gran Tortuga  se daba cuenta de que tenía que  llegar muy rápido al conejo  infectado y  tratar de que el Egoivirus  le saliera  por una de  sus  orejotas,  pero ella  no podía  correr y  sólo logró arrastrarse  un  poquitín. No se atrevió a decirle a ningún animal que sacudiera a Tejo por temor a que cundiera el pánico, pues sabía bien que todos tenían terror a que el temido virus los contagiara, se convirtieran en egoístas y perdieran la felicidad que se tiene al compartirlo todo y no pelear. Egoivirus se aprovechó rápidamente y comenzó a multiplicarse y a saltar de Tejo a todos los que estaban cerca de él.

El otro infectado fue Callo, el hermoso caballo blanco, a quien siempre le había encantado llevar a pasear a los cachorros y a todos los animales-bebés y que, en cuanto Egoivirus lo invadió, comenzó a gritar:

  • ¡Atención, atención, se cobran 20 mazos de hierba por vuelta! ¡Hagan fila todos los que los tengan y quieran que sus hijos paseen!

Los demás miraron a Callo estupefactos. ¿Cómo era posible que el buen caballo, a quien tanto le gustaba divertir a los pequeños pretendiera que le pagaran por ello?

Pero, muy pronto nadie pudo pensar en la alegría de los chiquitines porque el contagio se extendió: el señor Simba se dio cuenta de que la cebra Titina debía resultar muy sabrosa y las pirañas, que sólo un rato antes habían estado jugando a los escondidos con los delfines, se pusieron en posición de ataque para dejarlos solo con los huesos peladitos, peladitos.

A los pocos minutos, la confusión fue total. Aunque todos se atacaban, los más perjudicados eran los animales-bebés, que sufrían las dentelladas de los mayores exactamente igual que ocurría en los bosque-selva-pradera-río-desierto-océano-montaña… que no eran mágicos.

La pobre Gran Tortuga, escondida en su carapacho y mirando con los ojos semicerrados el salvaje caos en que se había convertido en minutos su pacífico mundo, sólo atinaba a llorar. ¿Qué podría hacer ella ahora? ¿De qué le servían sus años y su experiencia si no era más que un delicioso bocado protegido por su dura corteza? Si asomaba la cabeza acabaría con ella triturada por las mandíbulas del que hasta un rato antes era su amigo, el tigre Rayado, que ahora, muy cerca, repartía mordidas a diestra y siniestra.

A la ardillita Tilla le habían cortado un pedazo de su cola en el primer momento, pero logró ágilmente llegar al Gran Árbol que se encontraba cerca y subir a su copa. Se sintió muy feliz al encontrar allí al hijo menor del mono Tiluco, Tiluquín, que, lloroso, observaba lo que ocurría abajo y no podía entender nada. Se había dado cuenta solamente de que Tejo le había negado unas nueces a su padre y que, momentos después, éste se movía como una fiera, evitando los ataques de tigres, leones, panteras y otros, pero atacando, a su vez, a animales más pequeños que él.

  • ¿Qué ha pasado? ¿Es que todos se han vuelto locos? – le preguntó, a Tilla en cuanto la vio.
  • No sé, de pronto empezaron a morderse y a tratar de comerse unos a otros y la peor parte la llevamos los más pequeños.
  • Es cierto – respondió Tiluquín – pero parece que lo importante no es el tamaño, sino la edad. Fíjate como le han caído encima a mi pobre primo Gorli, el gorila, que es grandotote, pero sólo tiene tres meses, igual que yo.
  • Si, si…, mira, ahora Gorli está defendiendo a Vita, la ciervita, y ha logrado que ella se aleje saltan…

Antes de que Tilla acabara de decir “saltando”, oyeron un ruido que conocían muy bien: el alegre trotar de Callín, (que era, lógicamente, el hijo del primer infectado) y que se acercaba a ellos, compitiendo con Tico, el elefantico blanco de larga trompa. Tiluquín y Tilla comenzaron a hacerles señas para que no se fueran a meter en la locura que había un poco más adelante y los dos corredores se detuvieron abruptamente bajo el árbol donde estaban sus amigos, quienes, llorando, les explicaron lo que ocurría. Pronto llegaron Camellito, la pequeña llama, Andiny, y hasta los bebés que vivían en el agua, como Tibu, Parguin y otros muchos cachorros, pececitos, avecillas.

El ruido que producía la gran batalla despertó a la sabia lechuza Aegoli y a sus polluelos. Aegoli se dirigió, bostezando, a los amiguitos que se escondían en las ramas y bajo el Gran Árbol.

  • ¿Porqué hay tanta y tan rara bulla? No oigo sino llantos y gritos de dolor, de rabia, ¿es que las risas y las exclamaciones de alegría se han ido de paseo y nos abandonaron?

Aegoli no podía ver bajo la luz del Sol, pero enseguida comenzó a recordar todo lo que había leído en la Enciclopedia de la Naturaleza. Sabía que en algún lugar se mencionaba la posibilidad de que en el bosque-selva-pradera-río-desierto-océano-montaña… mágico se perdieran la felicidad y la paz, pero no lograba precisar cuál se decía allí que pudiera ser la causa…

Sin embargo, porque como decía su abuelita, “lo que bien se aprende, nunca se olvida”, en unos segundos, Aegoli saltó horrorizada.

  • La situación es muy grave. no cabe duda de que se trata de una invasión del malvado Egoivirus, el virus que infecta a los adultos y puede extenderse con diabólica rapidez. ¡Hacía tantos años que no atacaba a los habitantes del bosque-selva-pradera-río-desierto-océano-montaña… mágico! Felizmente, como los libros guardan lo que ocurrió en tiempos remotos mejor que si fueran cofres de piratas y las lechuzas sabias cuando estudian algo, no lo olvidan, Aegoli pudo explicar a los pequeños cómo combatir a Egoivirus y se apresuró a decir:
  • ¡Pronto!, tenemos que preparar con mucho cuidado y rapidez la medicina antiviral que acabará con la epidemia.

Entretanto, Tiluquín, Callín, Tico, Tilla y los demás pequeñines se miraban sorprendidos. ¿Un virus? ¿Una medicina antiviral? ¿Una epidemia? No sabían todavía que era nada de eso, pero ahora parecía que no había tiempo de averiguarlo: tenían que ayudar a Aegoli a preparar lo que resolviera el gran y triste escándalo que se desarrollaba muy cerca de ellos.

  • ¿Qué tenemos que hacer? – preguntaron casi a coro.
  • Necesitamos una lluvia de besos unida a un gran paquete de amor y a siete cajas de cariño. Egoivirus le tiene terror a esos tres ingredientes. Tú, Tiluquín, rápido, dame aquel saco que hay allí y comiencen a poner en él, mil besos y todo el amor y el cariño que le tienen a sus padres, hermanos, amigos, vecinos… Mientras tanto, yo voy a buscar a otros niños para completar lo que necesitamos.

Terminando de decir esto, Aegoli se elevó, poniéndose los espejuelos oscuros que las lechuzas utilizan sólo cuando, por alguna emergencia, tienen que alzar vuelo mientras brilla el Sol. Los cuatro pequeños, ni cortos, ni perezosos, comenzaron, sin perder un segundo, a hacer lo que les había indicado la lechuza.

Muy pronto se les reunieron Dino, Osín, Jau, Truzi, Misito y Colí, que eran los bebés dinosaurio, oso, perro, avestruz, gato y colibrí. Todos comenzaron a poner sus besos y cuanto amor tenían en el gran saco y buscaron las siete cajas para llenarlas hasta el tope de cariños.

Aegoli, que había ido a buscar a sus pequeñines para que ayudaran a llenar el saco y las cajas, regresó y les explicó que era ahora cuando comenzaba el trabajo más difícil: llevarlo todo hasta donde se desarrollaba la batalla. Ella tomó el saco, que era lo que pesaba más, por una punta, y llamó a sus polluelos, a Truzi y a Coli para que lo sostuvieran por la otra punta. La pequeña avestruz no solía volar, pero era la mas fuerte e hizo un gran esfuerzo para batir sus alas y elevarse con las otras aves y ayudar a llevar el cargamento de besos.

Los restantes cachorros, como no tenían con qué hacer ruedas, tomaron unos troncos y pusieron encima de ellos, las siete cajas para que rodaran y pudieran llevarlas al claro del bosque donde sus padres mantenían la gran batalla.

Allí el espectáculo era terrible: muchos animales, sobre todo los más débiles yacían en el suelo y los demás continuaban dándose dentelladas, cabezazos y patadas.

Los pequeñines se asustaron y ya iban a comenzar a llorar, cuando la sabia Aegoli les hizo una señal para que abrieran las cajas y el Cariño saliera volando. Ya las aves habían soltado los Besos y el Amor y la batalla comenzaba a aplacarse.

Cuando la carga de los chicos se regó entre los luchadores, todo fue, poco a poco, calmándose y quienes parecían estar muertos comenzaron a levantarse, mirándose, con asombro, unos a otros. Las heridas desaparecieron y hasta el pedazo de la cola que Tilla había perdido, reapareció, más brillante que antes.

¡¡El Egoivirus había sido vencido por el Amor, el Cariño y los Besos!!

Los adultos no entendían lo que había ocurrido y la Gran Tortuga, que a pesar de todo su esfuerzo, no había logrado apartarse nada más que un poquitín, sacó la cabeza todo lo que podía y gritó “¡Atención!”. Todos voltearon hacia ella y la abuela tortuga explicó todo lo referente a Egoivirus, la locura que provocó y cómo los pequeñines lo destruyeron.

Está de más decir que ningún animal dejó de buscar, ansiosamente, a sus hijos y después de besarlos y acariciarlos, los levantaron, orgullosos por haber salvado al

bosque-selva-pradera-río-desierto-océano-montaña… mágico, donde felices y en paz, vivían desde tiempos remotos y continuarían viviendo todos.

Autora:

Margarita Ruiz Peraza

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José Miguel R. Ortiz

José Miguel R. Ortiz

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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